ENTREVISTA y CRÍTICA EN "EL PAÍS"

"Los instrumentos antiguos se sienten en el estómago"

Fernando Neira - 29 abril 2008

 

Amanece en Madrid un domingo antipático y desabrido, y a Ana Alcalde se le suelta la risa floja: "¡Ni que estuviéramos en Suecia!". Sabe bien de lo que habla. Desde hace tres años, esta madrileña del 76 completa en la Universidad de Lund (Malmoe) sus estudios de nyckelharpa, un maravilloso cacharro medieval que funciona como una viola de teclas o pistones. "Sí, a veces tengo la sensación de ser un poco bicho raro", admite mientras su mirada glauca escudriña el fino orvallo de la mañana. "Me siento sola, aislada, distinta, pero todo eso te obliga a vivir una vida muy sincera. Y con los instrumentos antiguos percibes el origen de las cosas, el vínculo con la tierra. Notas que su sonido llega muy dentro, hasta el mismo estómago".

La artista toca el nyckelharpa, de origen sueco, y ha vendido 15.000 discos

Es de poco comer y le cuesta arrancarse con la tostada, pero el Gijón le trae recuerdos de sus años de "estudiante convencional". Porque Alcaide iba para bióloga y botánica hasta que la música tradicional se interpuso en su camino. Le apasiona la etología, ha estudiado micología en México y pisó por primera vez tierras suecas durante un cursillo ornitológico. Además de pájaros, aquella expedición le descubrió un país de efervescencia musical. Y renació esa Ana que de cría había estudiado un poco de violín, aquella niña avispada que reproducía melodías en un teclado de juguete. "Los suecos son gente paciente y generosa. Nos sacan tanta ventaja en música porque están muy acostumbrados a escuchar. Los españoles preferimos alzar la voz".

Va entrando en calor y se anima con el zumo. Casi nadie la conocía cuando hace tres años publicó su primer disco, Viola de teclas. Encontró acomodo en el corazón histórico de Toledo ("mi microcosmos de tranquilidad") y se puso a tocar la nyckelharpa en plena calle. No de cualquier manera, cual músico precario que procura unas monedas para llenar la despensa. Ella se ponía guapa, vestida siempre de blanco, y buscaba el abrigo de la catedral o algún otro rincón singular. Mayores, chicos, nativos o foráneos fueron cayendo bajo el hechizo de aquel raro instrumento. "Comprendí que mi música gustaba cuando los chiquillos se sentaban, embobados, en primera fila y a los mayores se les escapaba alguna lágrima".

Ha vendido cerca de 15.000 discos, cifra inaudita para los tiempos que corren. Muy pocos en las tiendas: casi siempre es ella quien los despacha a los transeúntes que la descubren en la rúa toledana. Y ahora acaba de publicar un segundo álbum, Como la luna y el sol, más centrado en la música sefardí. "Es un interés estético, sin conexiones familiares o religiosas", aclara, "pero es difícil pasear por la Judería y no sentirse atraído por esa cultura".

Ella siempre fue más de los Stones y de Led Zeppelin, pero ahora anda fascinada por las tradiciones vocales antiguas. "¿Has escuchado alguna vez a los hombres de los coros polifónicos albaneses?", inquiere con gesto apasionado. Y resume: "Supongo que me siento como una aventurera, una buscadora de pequeños tesoros. Mi madre habría preferido que me dedicara a un trabajo fijo y estable. Ahora, con dos discos ya bajo el brazo, se va haciendo a la idea...".

 

 

El rejuvenecido legado sefardí

Fernando Neira - 30 enero 2012

 

Hace apenas cinco meses andaba Ana Alcaide muy atareada procurándole los primeros arrullos a su bebé recién nacido. Anoche, esta bióloga de temperamento irrenunciablemente inquieto tenía tiempo para presentar en la sala Galileo Galilei su inminente tercer disco, La cantiga del fuego, una nueva vuelta de tuerca a sus indagaciones sobre el legado de los sefardíes. Alcaide es una curiosa perseverante y ejerce una inequívoca militancia en pro de lo tradicional, pero jamás se muestra distante, inaccesible o sesuda. El folclor nos apega a la tierra y termina, venga de donde venga, haciéndonos cosquillas en el estómago.

Vestida de un rojo tan pasional como sus enseñanzas, esta toledana de 35 años fue desgranando un repertorio inédito que depara momentos muy alentadores. Su voz diáfana realza leyendas como El pozo amargo,sobre una muchacha que vierte mares de lágrimas a la muerte de su amado, pero también ofrece composiciones propias tan meritorias como la poética Baila donde el mar. O Mikdash, con los preciosos melismas vocales de Reza Sheyesteh, un iraní del que se amigó en Malmoe.

Alcaide ha perfeccionado durante años en Suecia su técnica con la nyckelharpa, un cacharro medieval delicioso que parece intersección de violas y zanfonas. Reconoce el legado escandinavo introduciendo en su repertorio una serie de polskas, pero por lo general prefiere recalar en el fascinante territorio de las tres culturas. Hasta seis músicos le acompañan en esta aventura autogestionada y valerosa. Entre ellos, al menos dos excepcionales: Jaime Muñoz (La Musgaña), a menudo moruno con su extensa colección de flautas y mucho más klezmer o jazzístico cuando sostiene el clarinete; y el neoyorquino Bill Cooley, infatigable al frente de un arsenal de oud, salterio, santur y demás hipnóticos instrumentos repiqueteantes. Añadamos el limpio soporte acústico que aporta el bajista Renzo Ruggiero y tendremos todas las claves de un sonido cristalino, embaucador, nada farragoso. Las estructuras de la música sefardí remiten a veces a los romanceros y tienen algo de reiterativas, pero Alcaide aporta una aproximación rejuvenecedora y edificante, ideal para oídos desprejuiciados.